Leo Messi acaba de bendecir el nuevo Camp Nou. Fue ayer por la noche cuando el astro argentino fue a visitar el templo culé, pisando lo que fue su jardín de recreo durante muchos años, justo en ese lugar donde convirtió lo profano del fútbol en algo bello y sagrado. Se pueden contar con los dedos de una mano esos que hicieron de un deporte algo similar a la poesía; él es uno de ellos. Y nosotros, los culés, tuvimos el privilegio de verlo semana tras semana crear versos libres con la pelota. Verle de nuevo en casa hace que a cualquiera se le altere el ritmo cardiaco. ¿Y por qué no hacernos soñar con un posible último baile? Todos queremos borrar de la memoria ese fatídico 8 de agosto de 2021 donde se culminó una de las injusticias más grandes jamás vividas en Barcelona, esa de dejar ir al jugador más importante de la historia por la puerta de atrás, sin previo aviso y sin una despedida digna. Algunos se contentarán con un simple partido honorífico, no es mi caso. Al rey de un deporte no se le puede despedir en 90 minutos, ni en 180, ni en 1000. A los genios hay que despedirles saboreándoles, poco a poco. Muchos dirán que es una absurdidad, una equivocación deportiva, que el tiempo de Messi ya pasó; pero se equivocan. Si estos últimos años hemos rescatado a jugadores retirados para solventar la imposibilidad de buscar en el mercado a grandes jugadores, si jugamos aún a día de hoy con un portero que se había jubilado bajo el sol de la costa mediterránea, podemos –sin lugar a dudas– pensar que unos meses de Messi vestido de blaugrana es un acierto total. Por su calidad futbolística, para hacer justicia y borrar ese 8 de agosto repleto de lágrimas de impotencia. Es probablemente un sueño inalcanzable, pero si la decisión estuviera en mis manos, no me lo pensaría dos veces; Messi debe volver al Barça, porque a los que hacen de algo irrelevante una obra maestra merecen despedidas grandes, largas y con todos los honores. Venga Leo ¿un último baile?
